sábado, 15 de febrero de 2014

Exigencia

 La auto-exigencia y la exigencia hacia los demás son dos caras de una misma realidad psicológica y emocional personal. La exigencia es uno de los aspectos del ego que más intoxica las relaciones humanas, y provoca la tensión interior más común. La exigencia se camufla con la filosofía de una moral correcta, del sobreesfuerzo como valor humano a seguir, de tener de competir para mejorar, y la idea de perfección en general. 

 Aunque la exigencia es la consecuencia de la identificación, la culpa y el miedo, ver con claridad las ideas e ideales que la provocan y sobretodo la mantienen es importante para poder ayudar a liberarse de ella. La sensación de impertinencia e irritación consecuente a sentir la exigencia de los demás, y en especial de los seres queridos o más cercanos, que está relacionado con la presión y obligación que se vivió en la infancia, y que fue configurando la culpa. 

 El descubrir lo intolerantes, críticos y exigentes que somos a veces con los demás, como un hábito de poner el dedo en la llaga del otro, provocando discusión, enfado, y el ver la irritación o dolor causado por nuestra crítica. Muchas veces con nuestra filosofía de que el otro se lo merece, que debe de aprender a ser mejor, y no soportar la debilidad del otro. Todo eso indica nuestra falta de claridad, complejo, e irritación personal poco reconocida. 

 La emoción dolorosa como irritación, culpa o vergüenza, provocada por la exigencia o crítica recibida, no hace más que despertar la culpa y exigencia latente que se ha incrustado en nuestra personalidad, con toda esa moral e ideas repetidas y creídas de como deberíamos de ser. 

 El ver con mucha claridad todo lo expuesto, sin culpabilizar a nadie por el comprender que todos hacemos lo que podemos según las circunstancias y el nivel de conciencia que hay en ese momento, des-culpabilizando y des-culpabilizándonos. Redescubriéndonos en un presente, en un ahora potencialmente vital, pleno de la simple realidad de Ser.

viernes, 14 de febrero de 2014

El amor a La Verdad

  Cuando una cuerda en un árbol se confunde por una serpiente, la verdad de esa experiencia es la experiencia en sí, la verdad que es una cuerda y no una serpiente es verdad cuando se ve lo que es, justo entonces se ve lo que era falso desde la verdad actual, y la falsedad o mentira, es, cuando se ve.

  La falsedad de algo tiene su verdad, por un lado la verdad o realidad de una mentira, es que la falsedad es real como falsedad, y por otro lado cuando se vive la mentira como verdad es verdad desde esa óptica. Eso puede dar a entender que el ir viendo la verdad, fundamentalmente es por el descubrimiento de la falsedad. 

  El amor se puede ver como un querer, una fuerza, una atracción o dedicación, un gusto por. Cuando esa dirección de “amor” es hacia la verdad, no hacia una verdad predispuesta o idealizada, si no hacia la verdad en sí, y que podría no gustar, o si, no se sabe. Una disponibilidad a que la verdad surja por donde quiera, más allá de bienestares, o malestares. El amor a la verdad, no debería de ser el defender una verdad con mucha fuerza e inteligencia estratégica, más bien seria el estar dispuesto si es necesario, a ver la posible falsedad de antiguas supuestas verdades.

  El empecinarse en una verdad o creencia, y no estar dispuesto a investigar su posible falsedad, denota poco amor por la verdad. Estar siempre dispuesto a dudar (no obsesivamente, “con cordura”), y tener un cierto grado de escepticismo, acompaña casi siempre el amor a la verdad. El amor a la verdad, debería de abrazar, o el también “amar”, la decepción, y la desilusión. 

 Cuando en nuestra tradición se dice, ¡la Verdad os hará Libres!, y cuando esa frase se aplica a especialmente a la espiritualidad, la palabra verdad por respeto y valoración por sí misma, debería investigarse bien la verdad, de la palabra verdad.

jueves, 13 de febrero de 2014

Acción, no acción, y reconocimiento

 Esa sensación de mí libre decisión, mi autoría personal independiente, producida por los estímulos exteriores (el mundo), y las respuestas interiores (la persona), en forma de pensamientos, emociones, y acciones, se puede reconocer como el resultado de un gran conjunto de experiencias, de patrones genéticos, de la conjunción de posibilidades y hechos.

 Ver en qué medida ese proceso del pensar, de llegar a un tipo de conclusiones, y decisiones, no es más que el resultado global que la vida provoca, que esa independencia personal es muy relativa. 

 En un reconocimiento exhaustivo, la única aparente libertad central, está, o es, el hecho de darse cuenta, la evidencia de darse cuenta de lo que está sucediendo, ese darse cuenta en su esencia por un lado, es libre de toda la experiencia, pero por otro solo se puede reconocer en la experiencia.

 La experiencia o existencia es actividad, la no actividad es relativa y comparativa. El hacer o no hacer es una posición activa, aunque en su funcionalidad relativa es correcta. El reconocer esa verdad elimina el posible error del pensar de la no acción, como no consecuencia, todo siempre es consecuente. Todo es un juego circunstancial de ese principio fundamental que llamamos, Vida, Ser, Conciencia.

 El reconocimiento de la verdad de la acción, no acción, y reconocimiento, diluye la fuerza de la autoría personal, y responsabilidad exclusiva, con la consecuente culpa, y sufrimiento. De ese sufrimiento surge toda una derivada, de complejos, miedos, vergüenzas, estrategias y engaños al solitario, con infinidad de posibles adjetivos, engaños encadenados, en un mundo de posibles patologías y estudios psicológicos. 

 Por lo general mucha transmisión cultural, religiosa, ideológica, educativa, está impregnada de esa idea de un yo central e independiente, con su autoría personal exclusiva, y una falta de indicación o dando poco valor al hecho circunstancial, y la importancia fundamental a la evidencia de presencia, darse cuenta, como la real “subjetividad”. 

Desde ese reconocimiento los valores existenciales brillan por sí mismos, en su base sencilla, pero en su espectacular juego del existir. Desde esa mirada, el amor, la luz, y el poder son lo que son. A esa maravilla el milagro de la vida, sin expectativa, ahora Es.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Espiritualidad

Si la espiritualidad es la esencia de la religión, todas las religiones deberían tener en común la espiritualidad. Si la espiritualidad es el reconocimiento del espíritu, eso que se reconoce debería de ser la misma esencialidad para todo.

 Aunque hayan muchas creencias, o exposiciones sobre lo que es el espíritu, unas de separatividad entre diferentes espíritus, y un espíritu creador supremo, otras en una mezcla de separación y unión, y por último la de un solo espíritu creador (o manifiesto). Si espíritu se refiere a esencia, como comúnmente decimos el espíritu de algo…el espíritu será lo esencial, lo fundamental, lo verdaderamente genuino. 

 El reconocimiento del espíritu de la vida, o de lo que verdaderamente somos, eso debería de ser la espiritualidad, y la supuesta espiritualidad podría presentar hipótesis y consecuencias morales sobre la misma. Pero las hipótesis y consecuencias morares pueden ser creídas, o pueden ser experimentadas, reconocidas, evidenciadas o realizadas. Y la verdad de la espiritualidad es para ser realizada. Toda creencia es totalmente respetable, como toda hipótesis, y seguir unas prácticas o unos principios morales por dogma de “fe” si la finalidad no es realizar esa pretendida fe, todo queda en un supuesto, aunque ese supuesto pueda indicar algo muy correcto. 

 Esa diferenciación entre ser más espiritual o más material, en el mejor de los casos indicaría una falta de reconocimiento de algo. Pero la realización espiritual debería de incluir inevitablemente lo que se dice como material. Otra cosa distinta es la identificación u obsesión por la “posesión” de…conocimientos, objetos, personas, etc. 

 La verdad espiritual o esencial de la vida o lo que somos, la somos todos, y realizarla es una posibilidad. El usar una religión, una metodología, o unas prácticas depende de las circunstancias y la sinceridad discernitiva que vaya surgiendo.

 Saber diferenciar el indicador de lo indicado, la práctica de la finalidad, la posibilidad al hecho, el hábito al monje, etc. etc. es fundamental para la auténtica espiritualidad. 

Al final la espiritualidad debería de ser lo más evidente, trascendente e incluyente, pero eso pude ser solo una indicación y toda indicación es para ser realizada. Desde la espiritualidad se reconoce la libertad de la apariencia del “cada cual” en seguir la práctica, o el creer, lo que su entendimiento provenga, cada persona es realmente sagrada, y por eso toda espiritualidad debería de incluir el respeto mutuo, que es lo más cercano a la libertad.

El Poder y el Poder económico

El poder hacer, sentir, pensar, expresar-sé, relacionar-sé, o interrelacionar-sé, el poder del Ser de manifestarse, el poder del Ser siendo y estando. Toda experiencia-existencia es el Poder, el poder de la naturaleza, no solo como mineral, vegetal, animal y todos sus elementos fundamentales, sino el poder del universo o de la totalidad.

 El poder es intrínseco en cada experiencia, ese hecho de ser consciente es poder, el poder es la posibilidad, y toda posibilidad es ese poder, el hecho de ser consciente es la esencia del poder, ser consciente o conciencia, la conciencia como la esencia de la experiencia es esa posibilidad base, la posibilidad en la experiencia es una unidad relativa. La relación entre la posibilidad de hacer y lo que se hace, ese reconocimiento de un potencial interior y su expresión en la acción. El poder como Energía, y la energía como posibilidad de actividad. La energía está en la acción como energía activa. Pero la energía es el poder como conciencia de, y, en, así pues todo es energía, poder o conciencia en infinitud de aspectos, en los cuales su relación-interrelación es también energía en acción, por eso todo se puede ver como energía (poder-conciencia). 

 El poder económico es esa posibilidad de acción y de experimentación en la vivencia social. El poder económico debería de ser una expresión del poder natural (la naturaleza, la vida), y es esa posibilidad a vivir. Igual que la luz del sol, el oxígeno del aire, es para todo ser, así el agua, el alimento y toda posibilidad de recreación, la economía social debería favorecer a ello. Dar posibilidad es dar vida, y dar vida ennoblece, enriquece y debería de favorecer el conjunto social. El poder económico debería de facilitar, ordenar, y mejorar en su posibilidad el conjunto de la vida social.

 El exceso de egoísmo en la acumulación del poder económico en unos pocos, manipulando, e imponiendo, denota todavía la poca visión-comprensión individual-humana de lo que verdaderamente es el poder-energía-conciencia, la vida. Individualmente vamos-deberíamos de avanzar en ese reconocimiento más auténtico del poder. Eso aunque la vida y la aparente evolución en la misma, ya está sucediendo, a nivel individual debería de indicar una evolución-revolución de ese reconocimiento de la verdad del poder. La revolución para diluir un exceso de egoísmo está en el mismo fluir del vivir (el poder), e ir a favor de él muchas veces es lo que toca. No darse cuenta de eso va en contra de uno mismo, y provoca en un momento u otro mucho sufrimiento.

 El ir a favor del entendimiento de lo que debería de ser la economía social, que no es más que la expresión del poder de la vida-conciencia, y justamente esta interrelación del poder es Amor, y el amor es la base del vivir, sin amor no hay felicidad, no hay paz. El poder del amor, o el amor que es Poder.

martes, 11 de febrero de 2014

La Muerte

Es evidente que todo aparece y desaparece, y que la experiencia en sí es contraste y cambio. El hecho de ser consciente, junto con la memoria, da noción de continuidad y relación coherente entre las formas existentes, que es la experiencia de lo que es el vivir. Los niveles de sensibilidad, y de inteligencia en la relación de las formas de vida, depende de su naturaleza, mineral, vegetal, animal, que se interrelacionan en un aparente proceso evolutivo, dando lugar a una amplia escala de posibilidades o experiencias. Y también cada forma concreta en su existir, es una continuidad de cambios.

 Aunque es a través de las mismas formas existenciales que aparezcan nuevas formas de vida, cada forma se desintegra en los elementos básicos del conjunto existencial, y a eso le llamamos muerte. Esa desintegración, es el contraste de existencia y no existencia (existir y no existir como experimentación individual) que en si es la ley del existir, indica un vacío, un espacio, una nada.

 Concepción, desarrollo y nacimiento, en sí es nacer, y nacer es la contra de morir. El nacer y morir de una forma de vida, tiene como potencial ese vacío, espacio, nada. La experiencia más evidente de esa nada es el olvido, y en especial el olvido de todo.

 Cuando la evidencia de ser consciente desaparece, eso que queda es olvido, o la expresión más simple una vez vuelve aparecer el hecho de ser consciente, aquello es… ¡no se!, el no sé (“una negación de ser”), el olvido, la nada, el posible estado de muerte. 

 La interrelación de ser consciente y no ser consciente, la noción de continuidad que hay en todo cambio, el centrarse en el ahora como presencia y perder la noción objetiva, el reconocer el no ser consciente en la presencia consciente, la intuición de ser identidad independiente a toda experiencia, todo eso indica una esencia de vida constante en toda forma de vida. Esa esencia constante entre presencia y olvido, podría indicarse como la base de todo nacer y morir, que configura lo que llamamos vida. 

 Cuando el pensamiento solo está identificado en la forma, y no ha reconocido ese fondo o esa realidad base de experiencia y no experiencia como verdaderamente la realidad de toda forma de vida, entonces la muerte es la oposición a su idea de ser una forma de vida. Cuando en realidad la muerte configura la vida, e indica la verdadera identidad entre nacimiento y muerte. La muerte puede ser un buen maestro del discernimiento, y reconocernos en ese olvido, vacío, nada, esencia de presencia. Cuando nos reconocemos como esa esencia de realidad absoluta, la muerte queda relativizada a su justa verdad.

domingo, 9 de febrero de 2014

Culpa, Responsabilidad, y Perdón

La culpa es la consecuencia inmediata, y que provoca más sufrimiento de la identificación (el ego), el culpabilizarse y culpabilizar lleva implícito ira, tristeza, y vergüenza. La culpa hacia los demás normalmente es una descarga de nuestra propia culpa. Sentirse uno mejor por criticar y culpabilizar a los demás, descargando nuestro complejo de inferioridad, así parece que uno no se siente tan inferior, es un síntoma de nuestra propia culpa. El buscar un cabeza de turco para descargar nuestra ira acumulada, atacando y culpabilizando, esa ira indica la consecuencia de nuestra propia culpa. La culpa que identifica la maldad para proyectarla sobre alguien, normalmente es nuestra propia idea de maldad en nosotros, posiblemente no totalmente consciente.

 Distinguir entre la culpa egocéntrica, de la exigencia de responsabilidad, o la indicación de un error para ser subsanado, es ver la diferencia, entre lo que podríamos decir responsabilidad y culpa. Pues el procurar ser responsables e intentar hacer las cosas lo mejor posible, es muy distinto de la posible carga de vergüenza, ira, y pesadumbre que surge y refuerza el ego (la identificación) culpable. 

 Todos podemos cometer errores, y normalmente los errores que provocan más sufrimiento, surgen de una mente identificada y muy atormentada, aunque no lo parezca, y las consecuencias suelen ser muy desagradables. El comprender que son infinidad de circunstancias que provocan el egoísmo, y que la autoría personal es muy relativa, y esencialmente es una idea. Eso otorga la posibilidad al perdón y desculpabilización que es verdaderamente una bendición. Comprender correctamente para perdonar y amar, amar para intentar comprender y perdonar. Perdonar para que verdaderamente haya la máxima posibilidad de la liberación del sufrimiento.