jueves, 10 de abril de 2014

Demanda de identidad

 La demanda de la verdad de nuestra identidad por encima de malestares o bienestares es algo que puede suceder, y de hecho toda demanda de profunda espiritualidad, o de autenticidad sobre el origen del sufrimiento y la incomprensión humana, nos lleva al planteamiento serio de nuestra verdadera identidad, el quien, que se refiere aquello en nosotros que es constante e inalterable en todo momento y circunstancia. 

 Para poder reconocer nuestra naturaleza original, es completamente necesario tener una gran evidencia de lo que llamamos conciencia, el hecho evidente de ser consciente y de tomar conciencia de toda experiencia, diferenciando claramente lo que es creencia o suposición, de lo que es evidencia vivenciada, lo que podríamos llamar un discernimiento irrefutable. Siendo necesario comprender claramente la falsa identificación mental de un yo cuerpo, ideas, emociones y recuerdos. Esta evidencia de conciencia, reconoce que todo lo experimentado es la misma conciencia nutriéndose de ella misma en forma de formas o cuerpos; la materia o alimento que necesita la conciencia para presenciar su experiencia, que no deja de ser al mismo tiempo la infinitud de formas, paisajes y experiencias sensitivas, lo que llamamos vida. 

 Pero esta conciencia, presencia y experiencia simultánea, tiene su origen en la pureza de conciencia o su trascendencia, y este origen no puede conocerse como experiencia ni su presencia simultánea, aunque es la presencia simultánea la que indica o da noción de ser siempre lo más idéntico, constante e inalterable en toda experiencia. Desde esa evidencia mantenida de la conciencia como presencia, ella misma revela su trascendencia o esencia, en el sentido de ser la eterna (sin tiempo) identidad o absoluta realidad. El nóumeno e inmutable Ser Absoluto que somos, donde la conciencia como experiencia sucede.