jueves, 24 de julio de 2014

Tristeza, culpa y ayuda

 La tristeza del desengaño o la pérdida. La tristeza por la incomprensión y la intolerancia insensible al sufrimiento personal. La tristeza del no saber, del dudar y la impotencia. La tristeza que provoca angustia o depresión, en este bombardeo de consejos bien intencionados sobre la “felicidad, el estar en paz, el reconocimiento espiritual, y el tu sí que puedes ¡esfuérzate!”, puede generar un bucle de frustración, abatimiento y angustia, provocando proyecciones de superioridad o inferioridad, que generan un ciclo de realimentación a la insatisfacción, tristeza o confusión. El respeto a la sagrada “libertad” del vivir de cada persona, y la compasión por el sentir del sufrir, es un buen indicativo del reconocimiento del tal cual son las cosas, pues cada situación surge espontáneamente, y las causas son relativas a la fuerza de la totalidad en su amor y juego por experimentar-vivir. 

 Los indicativos de reconocimiento a la simplicidad trascendente de la auténtica naturaleza de Ser, y su vivencia inmediata como testigo impersonal. El posible comprender en su aceptar del identificado yo erróneo, y la fuerza del enjambre del lio de líos mentales y emocionales. El relativizar los sucesos con el máximo de buen humor. Todo ello puede ser un buen “consejo-indicativo” para el posible aumento de visión, pues el mayor consejo es no dar consejos, solo la posible indicación al aumento de la visión (…y que cada uno tome su “propia” decisión), y el silencio presencial compartiendo la situación de ser y estar simplemente, es el mejor indicativo-consejo para el posible “ayudar”. 

 La ayuda puede ser tan relativa, que su máxima expresión es la indicación a la no necesidad de ayuda. En esta funcionalidad del vivir la colaboración surge, y querer forzarla puede ser consecuencia mental del egoísmo personal. La disponibilidad de ayuda no está en el querer, está en la inmediatez de Ser. La “ayuda” la podríamos ver como la abertura espontanea en el momento presente en tal cual está sucediendo. Y la crítica por no ayudar, no saber ayudar, o el cada uno es suficientemente consciente para saber lo que hace, es consecuencia de una mirada engreída del yo interpretado. 

 Saber de la auténtica desculpabilidad, es el no tener que perdonar, ¿pues quien es culpable realmente?, y sobre todo quien es culpable de su sufrimiento. Culpabilizar a los demás por el sufrir propio, y mantener una crítica del mal hacer o el no saber, con pretensiones exigentes e intolerables, es vivir el lio de líos mentales y emocionales del yo identificado. Y vivir en ese lio es lo que es. La culpa solo es una palabra relacionada con un yo identificado erróneo y negativo. Hasta que no surja un ver y reconocer del tal cual es lo que Es, la vivencia de culpa está ahí aunque no haya ningún culpable. Claro que en el mundo funcional hay responsabilidades y consecuencias necesarias en su funcionalidad, y forman parte del hecho de experimentar (vivir). Pero la culpa psico-emocional del yo identificado puede diluirse en el suceder del vivir, para reconocer la no necesidad de “ayuda”. Pues todo surge en este experimentar del tal cual es todo lo que Es. Y el reconocimiento de que todo siempre fue y es completo, que todo es como un sueño, pues para nuestra naturaleza original realmente nada sucedió, y este reconocer puede suceder.

domingo, 20 de julio de 2014

Querer y suceder

 Cuando el querer se diluye en el suceder, es decir, cuando el yo que quiere que las cosas sean de una determinada manera, se diluye en el tal cual son las cosas sucediendo. En este suceder indicado, solo se diluye la idea de yo, una idea que filtra mentalmente el suceder en una serie de especulaciones mentales. Las especulaciones que parten de una creencia de un yo como voluntad personal exclusiva, que premedita lo que quiere que suceda, o el tal cual deberían de ser las cosas. Dando un valor a ese querer, que se exige un hacer, y exige su querer a lo que cree que es aparte de él, y si no sucede su querer, se culpabiliza o culpabiliza a lo aparente otro. Aunque la premeditación puede suceder, puede vivirse sin ningún yo particular que crea que es suya, irradiando exigencia intolerante, y culpa apenada o crispada. 

 El vivir desde un fondo donde el suceder sucede, en una constante simultaneidad de fondo y todo lo que sucede, sin ningún yo especulativo, y el supuesto “yo” cuerpo mente, solo es la funcionalidad sucediendo en este fondo del suceder. Este fondo es como testigo del suceder, y como fondo es simultáneamente la nada del suceder, entendiendo nada, no como un tipo de experiencia valorativa, sino como la realidad esencial que sustenta y trasciende todo suceder. 

 El querer de la arrogancia de un yo creído, sin reconocer el fondo, testigo, o realidad esencial de suceder, provoca irremediablemente exigencia, culpa, y miedo a perder o sufrir (que no hay que confundir con prevención que sucede en el suceder). El yo creído ha sucedido, y la disolución de ese yo, también sucede cuando sucede. Por eso que mérito y demérito se diluye cuando se diluye el yo aparente. Mientras tanto “se hace” lo que se puede, en este investigar y reposar siendo, si sucede.