domingo, 28 de septiembre de 2014

Suceder

 La experiencia del vivir se puede reconocer como un suceder sorpresivo, cuando se contempla sin pensamientos de control ni expectativas futuristas, en un observar ingenuamente este ahora. Este suceder que se experimenta como el espectáculo de espacio, formas, sensaciones y acciones, donde la interpretación de un personaje con sus identificaciones, relaciones, deseos, miedos, satisfacciones e insatisfacciones, pueden mentalmente desubicarlo de la sencillez de este suceder que en realidad ningún personaje creó o pidió.
 
  Este suceder quiere suceder en sí mismo por sí mismo (la vida), su querer es el experimentar, y la experiencia son los contrastes, los cambios, las intensidades, el amor por vivir o el vivir que es amor. El amor es el mismo “querer” o amar el vivir, aunque mentalmente puede no reconocerse y experimentar una interpretación negativa e incoherente sobre lo que es, lo que es, es por amor de ser lo que es ahora (la vida).
 
  Este ser la vida es el hecho de la misma experiencia, o el hecho de ser consciente, pues el indicativo de consciencia está en relación con la experiencia, y la total inconsciencia solo indica no experiencia. El reconocimiento de la no experiencia es una imposible descripción de la naturaleza trascendente de la experiencia o consciencia. Pues lo atemporal sin espacio ni forma es no descriptivo, y el siendo de ello trasciende la experiencia. Su reconocimiento es ser la nada sin interpretación de la palabra nada, solo como contraposición a todo, y esto se puede reconocer en su manifestación como la “noción de eje” de toda la experiencia en su evidencia como presencia o testigo de la experiencia, que se simultanea con lo experimentado en una unidad de ser lo que sucede.
 
  La creencia de ser exclusivamente una persona que nació y morirá, es una muy limitada visión mental de lo que la vida o consciencia es, pues ella se es siéndola toda ella en su suceder y trascender. Solo en el suceder surge la demanda de reconocer y el mismo reconocer, eso diluye la excluyente identificación personal.
 
  La contemplación silente, y la contemplación discernitíva en su posibilidad de suceder, otorgan el reconocer del suceder y su trascender. En este suceder del amor de Ser, surgiendo del corazón de Ser. Este suceder contemplativo y discernitivo reconoce la paz y felicidad del siendo estando.